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domingo, 24 de febrero de 2013

Fantasma - Susan Kay (CAPÍTULO 25)

2

A fin de llegar a Nijni-Novgorod antes de que terninase la Gran Yamark, que es como se conoce
su famosa feria de verano, me veía obligado a cruzar el mar Caspio sin la menor demora. Los rumores
corren a paso lento a lomos de un camello, y el cuento que había excitado la aburrida imaginación de
la kanum había tardado más de doce meses en llegamos. Yo no podía perder tiempo reuniendo el
complicado séquito que tanto le gusta al persa que emprende un viaje, así que no llevé conmigo más
que un puñado de criados -entre ellos, mi fiel Darius- y el menor equipaje posible a fin de ir más
deprisa.
Prefiero olvidar en lo posible la travesía marítima, que fue seguramente la más desagradable de
las travesías. Las tempestades de verano fueron inimaginablemente fuertes y nuestro pequeño navío
fue zarandeado como un pedazo de madera a la deriva. Yo estaba de pésimo humor para cuando
llegamos a Astracán y lo primero que advertí de esta famosa ciudad rusa no fueron los esbeltos
minarete s de sus doce mezquitas, o las airosas cúpulas de sus innumerables iglesias, sino el
repugnante olor a pescado podrido del que parecía estar impregnada toda la ciudad.
Me retiré inmediatamente a una insignificante y mezquina casa de huéspedes de madera, dejando
a Darius que arreglase nuestro pasaje en el bar'co de vapor del Volga. La patrona sirvió una comida
que consistía esencialmente de sopa de repollo, pepinos y sandía, y cuando estaba contemplando
aquella bazofia, tratando de decidir si me atrevía a enviarle un bocado a mi destrozado estómago,
volvió Darius con cara de preocupación. La Gran Yannark de Nijni ya no duraría más que unos días,
y el vapor en el que había reservado nuestro pasaje partía al mediodía.
Abandonando la sandía con repugnancia, observé cómo bajaba nuestro equipaje a golpes, sin el
menor cuidado, por la desvencijada escalera. La indignación de la patrona fue extraordinariamente
ruidosa. Cuando Darius se reunió conmigo en el muelle advertí que tenía manchas de sopa de repollo
en la ropa. Si no hubiese estado tan furioso, hasta me habría hecho gracia.
Un viaje de placer por el Volga debe de ser algo agradable para quien no se vea abrumado por
una rigurosa limitación de tiempo y por una enervante sensación de prisa. Desde luego, mis
compañeros de viaje mahometanos sí que parecían estar divirtiéndose. Cinco veces al día me reunía
con ellos en la cámara de las ruedas del vapor para volver la cara hacia La Meca y prostrarme en
oración, pero me avergüenza admitir que mi mente con frecuencia se apartaba de las invocaciones
rituales. No tenía en la cabeza más pensamiento que el éxito de esta misión, pues el éxito era lo único
que me conseguiría volver pronto a casa con mi hijo. Habíamos llegado mucho más tarde de lo que
había calculado en un principio y sabía que entonces el tiempo actuaba en contra mía. Maldiciendo la
majestuosa marcha del vapor, hice una visita a la sala de máquinas para averiguar si no se podría
aumentar la velocidad, y lo único que conseguí a cambio de mis esfuerzos fue una conferencia sobre
la técnica de la navegación a vapor y un agrio recordatorio de que las cosas habían sido mucho peor
en los días de las viejas maschinas que, hasta hacía muy poco, no se habían retirado de las vías
fluviales. ¿No me daba cuenta de que antes se tardaba en la travesía el mismo número de meses que
ahora se tardaba de días?
-Contemple el paisaje y tenga paciencia -me aconsejó el viejo capitán.
A mí no me interesaba el paisaje. Las colinas cubiertas de bosques de la Jigoulee, las idílicas
calas y ensenadas, se desperdiciaban en mí mientras oteaba la lejanía sin ver, deseando que el barco
fuese más deprisa. Mil seiscientas millas se extendían interminablemente ante mí a medida que los
días se nos iban escapando como la arena en un reloj de cristal. Saratof, Samara, Kazán...
Y luego, finalmente, apareció en la margen derecha el cuadrado y encalado monasterio de San
Macario, y entonces me di cuenta, con gran emoción, de que al fin estaba a cinco horas de mi meta.
Barcazas muy cargadas circulaban hacia arriba y hacia abajo por el congestionado río, a uno y
otro lado de nosotros, pasando a veces tan cerca que era un milagro que no colisionasen. El paisaje de
la orilla derecha había tomado un aspecto nuevo; una elevada y montañosa cordillera surgía
repentinamente en la llanura de abajo. Dimos un cerrado viraje para evitar un banco de arena y en ese
momento vislumbré por primera vez la imponente situación de Nijni, percibiendo la dorada cúpula de
la catedral y las blancas y almenadas murallas del antiguo kremlin. La vieja ciudad yacía serenamente
bajo la sombra de su fortaleza como si estuviese ligeramente sorprendida por la desenfrenada
actividad que tenía lugar abajo, en el río. Más tarde llegaría a pensar cuánto se parecía Nijni-
Novgorod al hombre que había venido a buscar: reservado, formidable, lleno de asombrosas
contradicciones.
Cuando desembarcamos en el muelle, envié a mis criados a que buscasen alojamiento en la haute
ville. Esperé justo lo necesario para saber las señas del alojamiento y en seguida alquilé un chico con
un droski para que me cruzase la ciudad hasta el barrio del Oeste, que era del que me habían hablado.
Darius vino conmigo, pues insistió en que la feria estaba llena de ladrones y delincuentes y que no era
seguro para un caballero el aventurarse solo entre la muchedumbre.
Y había desde luego una gran muchedumbre. El caballito tártaro apenas se podía abrir camino
entre la oleada de tráfico que salía a borbotones de la feria. Ningún bazar persa podría compararse
con aquel caos. Multitudes a pie, en coche y a caballo, manadas de ganado, carros cargados de jarros,
barriles y cajones de todo tipo; todos impedían que avanzásemos, y a mí me pasmaba ver tanta
actividad tan entrado el día. La lluvia caía ininterrumpidamente y el caballo iba metido hasta los
espolones en un cenagal de barro, lo cual era prueba de que los torrenciales aguaceros constituían un
fenómeno deprimentemente regular. Pero ni la lluvia ni el fango desanimaban al sorprendente número
de dévots. En prácticamente todas las esquinas de las calles que pasábamos había una capilla o una
imagen, rodeada de hombres y mujeres histéricos, tirándose todos al suelo en el barro ante las velas
encendidas y santiguándose con febril insistencia, como si sus vidas dependiesen de ese gesto.
-¡Cristianos! -dijo Darius en voz baja, y en su voz pude apreciar todo el ancestral desprecio del
islam por el no creyente. Yo compartía sus creencias, pero no su desprecio. Yo sabía que no había
más Dios que Alá; aceptaba que no se admitiría a ningún infiel en el paraíso..., y, sin embargo, había
hecho muchos amigos en las misiones católicas de Persia, hombres cuya integridad moral respetaba
aunque compadeciese su errónea religiosidad. No había esperanza de que llegasen al cielo, pero aquí,
en este mundo, no veía razón para negarles la cortesía o la amistad. No era capaz de odiar con la
indiscriminada simplicidad de mi criado.
Así que no respondí, y continuamos en silencio, aunque continuar es apenas la palabra adecuada
para describir nuestro progreso. Dábamos bandazos de lado a lado, nos empujaban constantemente,
en la confusión casi nos hicieron volver y de todas las direcciones nos salpicaban la cara con un lodo
hediondo. Finalmente me vi obligado a admitir la necesidad de abandonar el camino hasta que
disminuyesen las multitudes. El pequeño del droski -un chaval de cara mugrienta- pareció encantado
de renunciar a la lucha y nos encaminó con sumo gusto a una casa de comidas, donde nos sirvieron un
pasable plato de pollo y arroz e interminables copas de té de limón.
Al volver a las calles alrededor de una hora después, me quedé consternado de ver que, aunque el
ganado y los carros habían desaparecido, los que iban a pie eran diez veces más numerosos. Me daba
la impresión de que la mitad del mundo estaba decidida a penetrar en elfaubourg del Oeste aquella
noche en busca de comida y de diversiones. Resultaba claro que no tenía sentido el tratar de abrimos
paso a través de tal apiñamiento de cuerpos a caballo y en coche, así que pagué al chico del droski y
proseguimos nuestro camino a pie.
En seguida nos perdimos. Mi ruso no era todo lo bueno que debería haber sido, y en mis intentos
por conseguir la dirección adecuada acabamos siguiendo una larga serie de pistas falsas. La mayoría
de los barbudos mercaderes y de los orientales de cara grave parecían estar tan desconcertados y
confusos como yo, así que tardamos algún tiempo en lograr llegar al famoso suburbio de Kunavin.
Esa zona se hallaba situada en el extremo más occidental de la feria y estaba dedicada por entero
a los placeres de carácter equívoco. Al echarse la noche encima, de las casas de comidas empezaron a
salir tampaleándose grupos de juerguistas borrachos y alborotadores que se enzarzaban en
interminables peleas camino de los garito s y los prostíbulos. Darius sacó su cuchillo y me instó a
buscar refugio, pero yo le aparté la mano preocupada y disuasoria. No podría dormir aquella noche
sin saber si mi presa ya había volado. Había ferias diseminadas por todo lo largo y lo ancho de Rusia,
y el pánico que me producía la perspectiva de fracasar en Nijni me hizo sentir frío. Estaba condenado,
por el mandato imperial, a recorrer toda la superficie de aquel enorme e inhóspito continente hasta
encontrar al maldito mago. Deambularía por aquellas calles toda la noche si fuese necesario antes de
abandonar la esperanza de tener éxito pronto.
Una hora después, al dar la vuelta a una esquina, me encontré cara a cara con el espectáculo que
estaba buscando: la carpa kirguiza que me había d_scrito tan detalladamente el comerciante de pieles
de Samarkanda. De forma oval, como una inmensa colmena, la enorme sombra negra resultaba severa
y bastante siniestra, rodeada de tugurio s de mala nota decorados con colores chillones. Me quedé
sorprendido y acobardado al encontrarme con que, después de haber luchado tanto para llegar a aquel
lugar, mi primer impulso fuese darme la vuelta y salir corriendo. Mientras permanecía en aquella
calle iluminada a medias, se apoderó de mí un profundo presentimiento de desgracia y tragedia que
no se parecía a nada que hubiese experimentado hasta. entonces. Todos mis instintos me advertían
que no entrase en aquella carpa, de forma de cúpula, que de repente me pareció tan extraña e
irresistiblemente amenazadora. Tenía las piernas como de plomo cuando pedí a Darius que se quedase
donde estaba, y, vacilante, levanté la estera de junco que hacía las veces de puerta.
Era como entrar en un seno misterioso. Todo lo que tenía ante los ojos era rojo: las paredes, la
rica alfombra persa del suelo, las banderolas que colgaban del cóncavo techo. La suave y tenue
iluminación de las velas, y un embriagador aroma de olorosos aceites e incienso, hicieron que el
ambiente me agobiase como una nube encantada. Un extraño y pesado letargo empezó a invadirme y
tuve que parpadear para despejarme la cabeza y poder fijar la vista en el hombre que estaba recostado
sobre los almohadones del suelo.
En total contraste con la acogedora opulencia de lo que le rodeaba, él iba vestido de negro de pies
a cabeza y tenía la cara totalmente oculta detrás de una máscara blanca. El efecto que producía era de
poder; era una majestuosidad fría y escalofriante: era como si hubiese tropezado con uno de los
antiguos dioses mitológicos. No levantó la vista cuando yo entré y, durante un buen rato, siguió
jugueteando con una complicada caja de juegos malabares, mientras yo permanecía inmóvil alIado de
la entrada, preocupado por la creciente sensación de que yo era invisible.
Me ignoró tan completamente que empecé a creer que no se había dado cuenta de mi presencia y,
en consecuencia, me permití quedarme mirándole con una vulgar curiosidad. No pude evitar el
fijarme en sus dedos, que eran extraordinariamente delgados, casi como huesos. Eran desde luego de
una longitud inhumana y se movían con una agilidad y destreza que resultaba fascinante de una
manera extraña. Me había quedado mirando como hipnotizado y, de repente, me di cuenta de que me
estaba viendo mirarle. El escrutinio de aquellos ojos imperturbables de detrás de la máscara me
pusieron muy nervioso. Había algo siniestro, casi reptil, en la inmovilidad de la figura ataviada de
negro, algo que me recordaba con inquietud una cobra dispuesta para lanzarse al ataque.
-La representación ha tenninado por esta noche --dijo en impecable ruso--. Si quieren presenciar
mis artes tienen que volver mañana.
Me quedé boquiabierto de sorpresa, pues nada en su aspecto siniestro y austero me había
preparado para su voz. Incluso en aquel frío y cortante comentario, su asombrosa belleza era
inconfundible. Solamente quien le hubiese oído hablar y cantar sabría lo que una voz puede ser: era
preciso oír la extraordinaria resonancia y profundidad de su timbre para comprender verdaderamente
la magnitud de su poder. Yo no había esperado oír una voz semejante fuera del paraíso y el
encontrarla allí, en aquella carpa llena de corrientes y mal alumbrada, tenía algo siniestro en sí, pues
¿quién era?, ¿ qué era?, ¿para estar en posesión de una sonoridad tan divina? En aquel primer
momento, cuando le oí hablar, me pregunté si estaría contemplando a un ángel o a un demonio, y, aun
ahora, después de todos estos años, esa es una pregunta que sigo haciéndome. Pues cada vez que
pensaba que finalmente sabía la respuesta, él volvía a desconcertarme.
Pero eso fue después. Entonces no existía más que el presente y la necesidad de concentrar mi
ingenio a la vista de su enérgica despedida.
-Le ruego sepa disculparme por esta intromisión --dije apresuradamente volviendo a hablar persa
en mi confusión-. Por favor, desearía que comprenda que no vengo aquí sencillamente como un
crédulo espectador más, lo suficientemente impertinente como para esperar una representación
privada.
-Usted es desde luego un impertinente -respondió fríamente en mi lengua nativa-. Exponga el
asunto que le trae aquí y sea breve.
Me habló con la arrogancia de un rey, y yo, involuntariamente, me encontré cayendo en la
deferencia automática que nonnalmenteJreservaba para el sah.
-Señor, vuestra fama ha recorrido muchas millas, incluso más lejos de lo que podéis imaginar. He
venido desde Persia para presentaros la invitación personal del sah-in-sah.
Incluso mientras hablaba sabía que estaba excediéndome en mi misión. A mí me habían dicho
que fuese a buscar a aquel hombre, muy de la misma manera en que me podían haber pedido que
fuese a buscar a un mono que actuaba en un espectáculo. Pero de repente, me di perfectamente cuenta
de que no iba a ser tan fácil.
Se echó a reír suavemente; era un sonido que hizo que se me pusiese de punta el vello de la
mano.
-¿Entonces es que cree que yo voy y vengo al capricho de los reyes, como otros hombres? -me
desafió.
-No --dije con tranquilidad-, ya veo que no sois como otros hombres.
Se reclinó en los almohadones, estudiándome con cierto sentimiento de curiosidad que yo no
podía comprender.
-Persa, habla usted con más sinceridad de lo que cree. ¡Pero más le valdría callar!
Se levantó y yo me quedé helado de miedo cuando dio un paso hacia mí. Yo sabía que le había
enojado, pero no sabía ni cómo ni por qué.
-¿ Y si no voy con usted a Persia? ¿Qué le sucederá..., Mensajero del Rey?
La amenaza en su voz se había hecho indescriptible y su proximidad física producía terror. Me di
repentinamente cuenta de que nada podía salvarme entonces de su tácita amenaza salvo una
escrupulosa y penosa honestidad.
-Si fallo en mi misión perderé la posición en la corte, el sustento y posiblemente la vida.
Se quedó callado durante un momento, mirándome pensativo, y tuve la impresión de que había
empezado a sonreír tras la máscara.
-¿Qué puesto ocupa? -preguntó inesperadamente.
Yo le hice una pequeña e irónica inclinación de cortesía.
-Soy el daroga de Mazanderán.
-Ya entiendo -cruzó los brazos bajo la envolvente capa negra-. . ¿Entonces debo entender que el
jefe de policía ha venido con hombres armados?
-No, señor vengo solo, a excepción de un criado que está esperando fuera.
¡Alá! Pero ¿por qué le estaba diciendo eso?
Volvió a reírse, pero esta vez no había amenaza en el sonido.
-Eso, si me perdona por decírselo, es un gran descuido por su parte. ¡Confío en que conduzca con
más eficiencia los asuntos de su país!
Su humor había cambiado súbitamente con mi vil confesión. Seguía jugueteando conmigo, como
el gato juega con el ratón, pero entonces, pausadamente, con las uñas envainadas. Negándome a picar
su cebo mantuve un decoroso silencio y, al cabo de un momento, se encogió de hombros y se dirigió
hacia un rincón de la carpa donde hacía rato que hervía el agua en el recipiente metálico de un
samovar. Cogiendo una pequeña tetera de porcelana que había sobre el fuego de carbón vegetal,
sirvió una única taza, añadió un pedazo de limón y me la ofreció. Acepté este gesto sagrado de la
hospitalidad rusa con gran alivio. En ese país el té era el profegómeno natural a todo negocio...; por
supuesto, el prolegómeno natural a todo negocio civilizado: se llegaban a más acuerdos en las casas
de té que en cualquier otro sitio. Al menos parecía que no se me iba a expulsar de la carpa sin escuchar
mi exposición en su totalidad.
-¿Qué ofrece el sah a cambio de mis servicios? -preguntó bruscamente.
Tomé un sorbo del té hirviendo para darme valor.
-Riqueza..., honores... -hizo un gesto de impaciencia, como si esas cosas no fuesen de interés para
él, y yo respiré hondo al poner el cebo en mi último anzuelo-. Poder.
Volvió a colocar la tetera en el fuego y se dio la vuelta para mirarme.
-¿Poder? -el eco de su única palabra resonó en el aire entre nosotros: supe entonces que,
finalmente, yo había pulsado la cuerda precisa.
-Si dais gusto al sah y a la kanum, vuestra palabra será ley.
-Durante algún tiempo.
-Durante algún tiempo -asentí, sabiendo que era inútil mentir-Pero...durante ese tiempo... -extendí
las manos con un expresivo gesto que no se malgastó en él.
-Sí --dijo despacio-. Entiendo lo que quiere decir.
-Entonces, ¿vendréis conmigo? Si estáis de acuerdo podríamos partir mañana.
Chasqueó los dedos malhumorado.
-Su insistencia empieza a fastidiarme y encontrará que no me gusta que me fastidien, ni siquiera
el daroga de Mazanderán. Váyase ahora. Tendrá la respuesta cuando yo esté dispuesto a darla, no
antes.
Comprendí que si decía una palabra más perdería todo el terreno que había ganado; así, aunque
estaba furibundo por su arrogante autocracia, no hice más que una inclinación con la cabeza y me
marché. Mi suerte estaba por entero a su antojo, pero, defepente, deseé no haber llegado a tiempo
después de todo, no haber podido encontrarle.
Ignoraba la terrible cadena de acontecimientos que había puesto en marcha aquella noche, pero
me invadió una profunda inquietud al pensar en su presencia en Persia.
La sensación de amenaza y de mal agüero seguía conmigo mucho después de abandonar la carpa.
Amanecía cuando al fin pude conciliar el sueño aquella noche y, cuando así fue, oí su voz resonando
en mis inquietos sueños como un extraño eco de perdición.

Fantasma - Susan Kay (CAPÍTULO 24)



¡Vámos! Estos próximos apartados del libro son de mis favoritos, espero, queridos lectores que los disfruten... Mientras a instruirnos. Resulta que su queridisima blogista (Según yo) hace mucho tiempo indago sobre el fantasma de la ópera... y entre ellas me encontré una página interesante, cinefanía, ¿El fantasma de la ópera existio realmente? Por Natán Solans.

Difiero de aquel investigador-autor-reportero, pero nunca esta de más tener una lectura interesante.

LINK: ¿El fantasma de la ópera existo realmente...?

NADIR
(1850 – 1853)
1
El persa, película "El fantasma de la ópera" 1925

Ashrafat era la magnífica ruina de varios palacios. A lo largo de los siglos habían existido hasta
seis diferentes residencias reales dentro de sus enormes murallas de circunvalación, todas ellas
maravillosamente trazadas en su correspondiente época, con terrazas de piedra, canales, cascadas y
preciosos aiwans. Pero cuando se quemó el Salón de las Cuarenta Columnas, se hizo muy poco para
restaurar la gloriosa opulencia de sus años pretéritos, y en el Bagh-i-Shah y en el jardín del serrallo el
ambiente era de mísera decrepitud. En los enormes jardines los naranjos y los gigantescos cipreses se
entremezclaban por todas partes con una maraña de flores y de maleza. La corte se trasladaba todos
los inviernos a la provincia marítima de Mazanderán por un breve período de tiempo a fin de escapar
de la crudeza de las extremosas temperaturas de Teherán, pero durante la primavera y el verano no se
hacían más que fugaces visitas de vez en cuando. Por eso, durante gran parte del año, la zona adolecía
del descuido característico de las propiedades abandonadas, con escorpiones y peqúeños lagartos
tomando el sol pacíficamente en las terrazas. Yo siempre había pensado que era una pena;
Mazanderán es un lugar de una gran belleza natural y se merecía mejor trato por parte de sus amos
imperiales. Se decía que el nuevo sah tenía la intención de operar cambios y, como me parecía que
era tan vanidoso y tan amante de los plaéeres como su predecesor, pensé que era muy posible que
pronto exigiese una residencia más de acuerdo con su categoría que aquellas deterioradas reliquias del
pasado.
Aquella era la segunda vez en una semana en que había recibido un aviso directo para ir al
palacio, y, una vez más, me dirigí allí con el corazón estremecido, preguntándome qué nueva y
desagradable misión estarían a punto de encajarme. Ni en aquel remanso tropical estábamos libres de
las revueltas religiosas que se habían sucedido en la capital. La ejecución de Bab en julio no había
acabado con los desórdenes, sino que más bien los había exacerbado, y como consecuencia el nombre
de babi se había convertido en una conveniente etiqueta para todo disidente y una excusa más que
suficiente para eliminarle. La actividad babi era denunciada por todas partes, y yo, como jefe de
policía, me encontré con que mis cárceles, lo mismo que las demás, quedaron abarrotadas, hasta que
las ejecuciones trajeron su especial forma de alivio. Los cuerpos, apestando y descomponiéndose, se
habían exhibido públicamente como oportuna advertencia a los que aún sintiesen la tentación de
proclamar sus herejías, y por eso no era de extrañar que las pulgas hubiesen sido tan abundantes aquel
año, pues provenían, constituyendo una verdadera plaga, de los pantanos y lagunas palúdicas de la
orilla del mar Caspio.
Nunca había pedido que me hiciesen daroga1 de Mazanderán, y me veo obligado a confesar que
había veces en que pensaba que dormiría mucho más tranquilo en la cama si no fuese más que un
secretario de poca categoría. En Persia había cientos de shahzadeh como yo, es decir, personas con
derecho a considerarse descendientes imperiales a causa de unas pocas gotas de sangre real que
corrían por nuestras venas. Los sahs habían mostrado siempre una excesiva y peculiar predisposición
para la paternidad, y a causa de ello, durante incontables años se había abusado en demasía de un
descarado nepotismo. Hasta que alguien se muriese, y dejase vacante un cargo más adecuado para mi
carácter lamentablemente escrupuloso, yo seguiría siendo daroga de Mazanderán. Era propietario de
una modesta hacienda, tenía un hijo y una posición respetable que mantener, por lo que no podía
1 Jefe de Policía en Persia
darme el lujo de ser excesivamente exigente en cuanto a las características de mi puesto en el servicio
real. El cargo me proporcionaba unos buenos ingresos y me permitía acudir a la corte con la
suficiente frecuencia como para poder vigilar, con cierta cautela, a mis parientes de sangre que
trataban por todos los medios de apropiárselos a mis espaldas. La desenfrenada corrupción y los
descarados golpes por la espalda eran las inevitables consecuencias de nuestro sistema de gobierno.
La corte persa no era un lugar en el que un hombre juicioso pudiese descuidarse ni un momento
apartando la vista de su enemigo.
Después de pasar por la Sublime Porte que era la entrada al complejo palaciego, me llevaron a los
jardines, hacia el pabellón de madera, que había sido erigido a toda prisa y con poco entusiasmo para
sustituir el Salón de las Cuarenta Columnas, y que ya daba la impresión de estar a punto de
derrumbarse, pues era el resultado de un proyecto de poca calidad, de materiales pobres y de
constructores vagos. Persia se iba estancando poco a poco después de un pasado glorioso: por todas
partes había señales de decadencia y deterioro.
Me postré sumisamente en la alfombra, de abigarrado dibujo, a los pies de un diván turco, y
pronuncié el preceptivo saludo al rey de reyes.
-Que yo pueda ser vuestro sacrificio, Asilo del Universo.
Impasible ante la intrínseca irracionalidad de mi preámbulo, el sah levantó la vista del gato que se
arqueaba bajo la mano que le acariciaba e hizo un breve gesto para indicarme que podía levantarme.
-Daroga, llegas tarde.
-Mil perdones, majestad imperial.
Incliné la cabeza con fingida humildad y se sintió satisfecho. Yo no había llegado tarde, y los dos
lo sabíamos, pero él era joven, llevaba apenas dos años en el trono y aún sentía la necesidad de
imponer su quejumbrosa autoridad. Mas, como yo ya me había convertido en su humilde penitente,
podíamos entrar en materia.
-¿Has interrogado al comerciante de pieles de Samarkanda, como yo
ordené?
-Sí, majestad imperial-a mí siempre me tocaban las tareas de las que nadie en la corte se
encargaría. Había tardado dos meses en localizar al dichoso comerciante de pieles y sacarle a retazos
la increíble historia.
-¿ Y qué opinas de la honestidad de ese hombre?
-Es un hombre sencillo, majestad, un hombre muy sencillo. Yo diría que carece de la imaginación
,n_cesaria como para inventar esa historia.
El sah se incorporó en el diván y el gato siamés --el especialmente preferido, que era un obsequio
de la corte de Siam- saltó a la alfombra, sacudiendo bruscamente el collar de fantásticas piedras
preciosas'y mirándome con una expresión de pura malevolencia. Era una cosa muy seria en aquella
corte el enemistarse con un gato, pero por mucho que lo intentaba, nunca tuve el don de acertar con
los felinos.
-Así que entonces es verdad -musitó el sah pensativo- que existe ese milagroso mago que canta
como un dios y que realiza inimaginables maravillas. A la kanum2 le encantará. Ya ha dicho que
semejante fenómeno se desperdiciaría en Nijni-Novgorod. Hay que traerle aquí inmediatamente, lo
desea la kanum.
Permanecí respetuosamente callado, no atreviéndome a exponer mis ideas. Como el resto de la
corte, estaba francamente harto de satisfacer los antojos de la madre del sah. Hermosa, despiadada,
políticamente astuta, había sido el poder de detrás del trono durante los dos últimos años, y continuaría
rigiendo nuestras vidas con sus caprichos, hasta que su hijo se liberase del dominio materno.
Sin embargo, desgraciadamente, no había indicios de que fuese a suceder. El sah tenía tres esposas
2 Título que llevaba la madre del sah en Persia.
principales e innumerables concubinas, pero no había ninguna mujer en el harén que hasta entonces
se hubiese mostrado capaz de apartarle lo suficiente de la sombra de la kanum como para desafiar su
insidiosa influencia. Todos temíamos a La Señora.
-Tengo la intención de encomendar este pequeño asunto a tu benemérito cuidado, daroga -
continuó el sah, observando al gato que daba vueltas a mi alrededor con un ominoso movimiento de
la cola-. Te prepararás para salir hacia Rusia inmediatamente.
Abrí la boca para protestar, pero la cerré rápidamente al observar que la expresión del sah se
endurecía, transformándose en enojo.
-Como deseéis, oh Sombra de Dios.
Al salir de espaldas con la cabeza inclinada, tropecé con el pie en algo largo y sinuoso. Hubo un
chillido de rabia y una garra desenvainada me atacó en la piel desnuda de encima del tobillo. ¡Otro
gato infernal! Pero, alabado sea Alá, por no haber sido aquella vez el favorito del sah. Sin embargo,
era uno lo suficientemente estimado como para ganarme un gesto de desaprobación del ceño imperial
y una reprimenda que hizo que el sudor se me deslizase por el labio superior.
-Hoy estás muy torpe, daroga.
Musité como un idiota una profusión de disculpas, pero mis esfuerzos por conseguir la
reconciliación no hicieron más que ganarme otro cruel arañazo del indignado animal. ¡Alá, cómo
odiaba yo los gatos! Las despreciables criaturas andaban por todo el palacio llenando las estancias del
hedor de su orina. Y se consideraba un privilegio especial el ser rociado por uno de los gatos reales;
no se esperaba que uno exclamase algo en señal de disgusto ni que se precipitase a ponerse ropa
limpia. He conocido ciertamente a un cortesano que se cortó los faldones de la chaqueta por no
molestar a la Gloria del Imperio mientras dormía. Los animales tenían sus propios criados y viajaban
en jaulas forradas con terciopelo siempre que la corte se trasladaba de un lugar a otro. ¡Algunos de los
especialmente favorecidos tenían sueldo! Ha habido hombres a los que se ha metido en la cárcel por
crímenes mucho menos nefandos que el de pisar la cola a un gato real. Yo sabía que tenía suerte por
haberme librado con tan poca condena.
Salí del palacio aturdido de ira y de indignación. No era nunca prudente marcharse de la corte por
un período indefinido de tiempo, pero mi resentimiento tenía raíces más profundas que eso, más
profundas e infinitamente más dolorosas. Esta misión amenazaba algo más que la seguridad de mi
empleo...
Hacía poco más de un año que me había dado cuenta de que a mi hijo le fallaba la salud. Padecía
up. extraño trastorno en la vista y tenía una debilidad muscular en las piernas y en los brazos que era
evidente que con el paso del tiempo se iba agudizando. A pesar de las noticias tranquilizadoras de
varios médicos, yo estaba preocupado. Nosotros los persas no éramos célebres por nuestros
conocimientos médicos, incluso el mismo sah había prescindido del galeno nacional a favor de los
servicios de un francés. No deseaba marcharme de mi casa en aquel entonces y, sin embargo, sabía
que no tenía otra opción. El rehusar una misión imperial era como ofender al sah y yo no conocía un
camino más rápido hacia la ruina y la muerte.
Aquella noche, mientras le explicaba pacientemente a Reza por qué tenía que dejarle al cuidado
de los criados durante el tiempo que yo estuviese ausente, me di cuenta de repente del gran perjuicio
que había ocasionado a mi hijo al no haberle proporcionado otra madre. Yo había tenido mis
correspondientes concubinas, pero desde el fallecimiento de Rookheeya no había sentido ni
remotamente la tentación de tomar las cuatro esposas que mi religión me permitía. Me había parecido
desleal en cierto sentido. Siempre que sentía el prurito de la virilidad, me valía sencillamente de los
servicios de una mujer de mi casa y continuaba descartando toda idea de matrimonio. Pero entonces,
al contemplar al niño pálido y delicado de Rookheeya, me pregunté si no les habría traicionado a los
dos con el egoísmo de mi pena.
Hubo lágrimas, como suponía que habría. Había fomentado en el niño la total dependencia de mi
afecto y entonces no era capaz ni de decirle cuándo iba a volver. Así, para conseguir sonrisas en vez
de lágrimas, le dije que se me enviaba a buscar al mago más grande que jamás había existido, y le
prometí que, una vez realizada mi misión, traería a aquella octava maravilla del mundo a casa antes
de llevárselo al sah. ¡Qué fácil es distraer a un niño con promesas! ¡Ojalá se pudiesen mitigar las
culpas tan fácilmente!
Al ver a Reza salir de mis habitaciones cojeando torpemente, maldije despiadadamente a la
kanum, cuyo maldito antojo no se imponía estos desabridos meses de separación. En cuanto al
misterioso genio que ahora estaba yo condenado a perseguir, ojalá no hubiese llegado nunca a respirar
para cantar y encantar al gárrulo comerciante de pieles de Samarkanda. Mejor hubiese sido que se
hubiese ahogado en el Volga en vez de realizar los sorprendentes trucos que le habían valido que su
fama viajase con las caravanas de mercaderes desde las baldías tierras de Rusia.
¡Mis maldiciones sobre ti, Erik, pensé amargamente! ¡Cómo deseaba que no hubieses nacido!

Fantasma - Susan Kay (CAPÍTULO 23)

Hay... de nuevo otra historia triste, espero que este comentario no sea spoiler. Queridos lectores, si lloran los comprenderé... por que yo ya lloré-Clair.


6
Hacia el final de aquel verano me encontré con que dependía casi del todo de las técnicas de Erik.
Su situación ambivalente me había costado ya el perder a varios hombres especializados: hombres
tales como Calandrino, que llegó a ofenderse por su meteórico ascenso y que finalmente se negó a
trabajar con un chico que en dos años había puesto en ridículo el sistema de aprendizaje.
Para entonces yo aceptaba los trabajos tan sólo en atención a la experiencia de Erik. La artritis me
estaba deformando los dedos y me daba cuenta de que pronto sería incapaz de sostener un cincel, y
quería que Erik me sucediese en el trabajo.
Durante aquel contrato final, encontré más práctico coger trabajadores itinerantes y poner toda la
instalación bajo la supervisión del chico. Le había dado responsabilidades en todos los aspectos del
nuevo trabajq; él había hecho todos los cálculos del coste y, aunque yo había repasado los presupuestos
con un ojo terriblemente crítico, no había podido encontrar ni un descuido debido a su
inexperiencia, ni un gasto superfluo. El cliente aceptó el presupuesto sin ninguna objeción y luego se
marchó tranquilamente a Florencia a pasar el verano. En consecuencia, no hubo necesidad de que
supiese que la construcción del edificio de su propiedad se había puesto, casi por entero, en manos de
un chico de quince años.
La construcción siguió adelante en la ordenada manera que caracterizaba todo el trabajo de Erik.
Tenía total autoridad en mi ausencia y su terrible y adusta presencia en la obra era una garantía de que
no habría ni conflictos ni ganduleo entre los hombres. Entonces era ya muy alto, de esqueleto macizo
y musculoso, casi inhumanamente fuerte y asombrosamente competente; una mirada a los
intransigentes ojos de detrás de la máscara era suficiente para reprimir en cualquiera el deseo de
discutir un asunto. Y, sin embargo, siempre era justo, y estaba siempre dispuesto a reconocer la
aplicación de un obrero o a animar a un principiante;" todo presagiaba que se convertiría en un buen
maestro.
Habían llegado al primer nivel cuando uno de los hombres se puso enfermo y me vi obligado a
coger temporalmente a otro obrero. No le di importancia cuando el tipo me dijo que desde Milán
había recorrido toda Italia trabajando; no era insólito que un obrero viajase en busca de trabajo.
Pero hubo algo alarmante en la rápida mirada de asombro que el hombre dirigió a Erik cuando se
conocieron, algo que excedía la natural sorpresa que producía la idea de trabajar al lado de aquella
máscara.
Para la hora de la siesta yo ya había recogido lo suficiente de los vibrantes susurros que corrieron
como la pólvora por toda la obra para saber que, cualquiera que fuera el secreto que Erik había
decidido ocultar, aquél había dejado ya de ser un secreto. Este hombre había visto algo, quizá no en el
Trastevere, sino en otro sitio..., en Milán o en Florencia, dondequiera que hubiese ferias.
y entonces había contado lo que sabía.
Le despedí al final de la jornada, pero a sabiendas de que era demasiado tarde para reparar el
daño que había ocasionado. El ambiente en la obra me recordó la infinita calma que precede a una
tormenta, y comprendí, por la repentina tensión de los ojos de Erik, que éste se daba perfectamente
cuenta del cambio que se había operado en los hombres.
No tardaron mucho en llegarme a los oídos las murmuraciones que incluían la palabra monstruo,
y la oí con un terrible pesar, pues no hacía más que confirmar mi propia deducción. Yo había
adivinado hacía mucho tiempo que, detrás de aquella máscara, el chico escondía alguna deformidad
grave, algo que nunca había tenido el valor de revelarme. Discretamente, y sin darle importancia, yo
había tratado de demostrarle de diversas maneras que sus temores era infundados, pero él nunca había
estado dispuesto a reconocer esas indicaciones, por lo que me había visto obligado a esperar con
paciencia el día en que finalmente se fiase de mí lo suficiente como para mostrarme la cara en la
intimidad de nuestra casa. Entonces, cuando yo empezaba a comprender la magnitud del peso que
llevaba encima, me di cuenta de que ese día nunca iba a amanecer...
El peligro latía en tomo suyo como lava derretida, esperando sumergirle en un momento de
descuido, y yo observé el cambio que se operó en él en respuesta a aquella amenaza tácita. De repente
se convirtió de nuevo en un animal salvaje olfateando la inminente realidad del ataque; en un joven
tigre que espera, en un porfiado y amenazador silencio, el momento adecuado para repeler el reto que
no llegaba. Su natural autoridad y la fama de su rápido y salvaje manejo de la navaja- mantenía la
amenaza a raya, aunque le estuviese rondando muy de cerca. Sin embargo, la vigilancia que esto le
exigía era incesante, por lo que empezó a volver a casa de la obra por la noche demasiado tenso como
para ni siquiera pensar en comer.
Esto ocurrió en la misma semana en que Luciana tuvo el antojo de despedir al ama de llaves y
encargarse ella de sus quehaceres.
-¿Qué tiene de malo lo que guiso? -preguntó con tono amenazador cuando Erik volvió a irse
directamente al sótano sin ninguna explicación y sin disculparse.
-No tiene nada de malo lo que guisas -dije, esforzándome denodadamente por pinchar con el
tenedor algo fibroso de un plato que aún no había identificado--. Nada en absoluto.
-Ni siquiera se ha molestado en venir a ver lo que era.
-¡El chico está cansado, por amor de Dios, Luciana! No quiere más que descansar.
Cuando las delicadas y cantarinas notas del viejo espinete empezaron a flotar entre nosotros,
Luciana cerró los puños sobre la mesa.
-Sin embargo, no está demasiado cansado para tocar, ¿verdad? -dijo furiosa-. i no estará
demasiado cansado para quedarse levantado toda la noche dibujando y perdiendo el tiempo con
pedacitos de alambre! ¡No está cansado más que para comerse una comida que yo me he pasado horas
cocinando!
Y arrebatando de la mesa su propio plato, que no había probado, salió precipitadamente a golpear
pucheros y cazos en la cocina. j
Cuando Luciana se hubo marchado a la cama, permanecí sentado durante varias horas mirando el
fuego vacío, fumando ininterrumpidamente y volviendo a llenar mi pipa de vez en cuando, tratando
de pensar qué sería mejor hacer.
Hacia medianoche, habiendo tomado una repentina decisión, llamé una vez en la puerta del
sótano y bajé las empinadas escaleras de piedra sin esperar una respuesta.
Erik había estado trabajando en las cuentas. El enorme libro de contabilidad estaba abierto en la
mesa detrás de él, iluminado por una vela languideciente a cada lado. Una salpicadura de tinta en la
página delataba la sorpresa y la rapidez con que se había puesto de pie ante mi inesperada intrusión.
Casi me pareció oír los acelerados latidos de su corazón y me entristeció vede volver
implacablemente a su instintivo y desconfiado recelo.
-Me gustaría tener unas tranquilas palabras contigo, Erik.
-Sí, señor..., ya sé -se volvió para cerrar el libro de fuerte papel rayado--. Las cuentas están ya
todas al día, todo está en orden. Puedo tener todo empaquetado y marcharme dentro de una hora.
Al mirar más allá de donde él estaba vi que las viejas alforjas se encontraban preparadas sobre su
jergón y entonces supe que si yo no hubiese tomado aquella noche la decisión de bajar, por la mañana
me habría encontrado el sótano vacío.
-¿Te ibas a marchar sin decir una palabra? -le acusé indignado--.¿Por qué?
Se quedó mirando el libro de cuentas.
-Porque…dijo con dificultad-, porque no quería esperar hasta que
usted me lo pidiese.
Tuve repentinamente el gran deseo de propinarle una buena bofetada.
-¡SO estúpido! -dije con enojo--. Por amor de Dios, ¿qué te hace pensar que quiero que te
marches?
-Estoy causando dificultades ... -no me quería mirar-. Debería irme ahora, antes de que sea
demasiado tarde.
-¡Nunca he oído una estupidez semejante! Mejor será que subas inmediatamente antes de que me
enfade contigo de verdad.
Subí las escaleras de espaldas y él me siguió en un preocupado silencio, sumiso y obediente,
como si fuese un hijo errante... Se sentó apresuradamente donde yo le dije que se sentase y aceptó el
vino que le di sin una protesta más. Me daba muy bien cuenta de que iba a ser imposible hablarle de
la forma en que yo quería hacerlo mientras permaneciese sentado sin haber bebido nada, utilizando su
tensión y su habitual reserva como una armadura impenetrable. Así que durante un rato hablé de los
asuntos del día y seguí rellenando ininterrumpidamente nuestras grandes copas venecianas,
obligándole a ir al mismo ritmo que yo. No fueron necesarias muchas copas para llegar a ver que
había dejado de agarrarse la rodilla con la mano libre y que, por el contrario, la arrastraba flexible y
relajada sobre el brazo de su butaca.
Esa noche hablé de muchas cosas, algunas de las que había tenido la intención de tratar, otras que
no. Yo también estaba notando para entonces los efectos del vino y me invadía la morbosa certeza
que aquella oportunidad no se repetiría, que todos estábamos cogidos en una corriente implacable que
pronto podría hacerse demasiado fuerte para nadar contra ella.
Las lámparas de aceite se fueron desvaneciendo y se apagaron una a una, pero yo no me molesté
en rellenarlas mientras hablaba de los grandes ideales de la masonería, de las responsabilidades de la
hombradía. Hablé de Dios, el gran Soberano Arquitecto del Universo, que nos mide a todos por la
escuadra, la plomada y la brújula; le hablé de la buena voluntad, de la caridad y de la tolerancia.
Y, finalmente, eligiendo mis palabras con el mayor cuidado posible, hablé de la extremada
vulnerabilidad de las jóvenes...
No me hizo ninguna pregunta, ningún comentario, pero no apartó la vista y supe que estaba
escuchando, tratando por todos los medios de aceptar lo que debía de parecerle estar tan en pugna con
la realidad de su vida. Pedí tolerancia y paciencia frente a la crueldad y el desprecio, pero sabía que el
camino que le estaba trazando era duro, que era un viaje desalentador del que sería muy fácil
apartarse. No estaba dispuesto a aceptar una cruz y, sin embargo, sin algún símbolo de esperanza,
algo tangible, algo a lo que aferrarse, en aquellos oscuros momentos de desesperación, yo temía que
se entregase pronto a las tentaciones de la violencia airada.
En mi escritorio estaba el compás de plata que Isabella me había regalado en nuestros días más
felices, antes de que naciese Luciana. Había pensado muchas veces en regalárselo, pero no había
encontrado un momento en el que poder decir las palabras adecuadas.
Se lo regalé entonces, sabiendo que no podía darme el lujo de esperar más tiempo, y él lo aceptó,
con la perplejidad y la timidez del chico que se azara porque no está acostumbrado a recibir regalos.
Su vacilante agradecimiento me dolió y me hizo refugiarme en una brusquedad que no había tenido
intención de manifestar. "
-Bueno..., ya no me sirve de nada, puesto que apenas puedo sostener derecha la plomada. Ten
cuidado de ponerlo en un sitio seguro, eso es todo, pues no vayas a perderlo.
Se metió el compás en el bolsillo, con cierta dificultad, a la segunda intentona, pues, a causa del
vino, tenía los dedos curiosamente torpes y descoordinados. Para entonces yo me había dado cuenta
de que estaba luchando por permanecer debidamente despierto.
-Vete a la cama, chico, que estás de verdad bien embarcado --dije con remordimiento.
Mientras le observaba ponerse de pie tambaleándose y encaminarse hacia las escaleras con poca
seguridad, le volví a llamar. Los ojos de detrás de la máscara se volvieron distraídos hacia mí y yo me
pregunté que cuántos dobles míos estaría viendo en ese momento.
-Erik, espero que no llegues nunca a construir tan bien los muros que no seas capaz de ver cuándo
hay que derribarlos.
Vaciló, luego me miró con la incertidumbre de la borrachera.
-Yo... tendré cuidado de eso primero, señor-dijo entre dientes, como si pensase que ésa era la
respuesta adecuada.
Puesto que era evidente que no valía la pena tratar de decide aquella noche una palabra racional
más,: le dejé marchar antes de que fuese necesario bajade a la cama por aquellas escaleras.
Yo seguí bebiendo durante un buen rato después de haberse ido él, pero con la sensación de que
había cometido un desdichado desacierto con mi modo de proceder. ¿Qué había conseguido, después
de todo, haciendo que el chico se emborrachase como una cuba, hasta el punto de que apenas se tenía
de pie?
¡Por la mañana probablemente no se acordaría ni de una palabra de lo que yo le había dicho!
Durante los meses siguientes tampoco tuve muchos motivos para sentirme orgulloso de mis
aciertos como padre y protector. Casi todo lo que sucedió parecía ciertamente confirmar mi creciente
impresión de que no era más que un anciano lelo y bastante incompetente que iba perdiendo con rapidez
el dominio de las cosas y que no debería atreverse a dar consejos a nadie. De poco servía el
explicar los valores masónicos de la hombradía cuando resultaba del todo evidente qué era incapaz de
controlar a mi hija y de mantener el orden en mi propia casa.
Durante todo aquel verano Luciana se comportó como un perrito ciego, golpeando iracunda y
confusa algo que ni veía con claridad ni comprendía. Le faltaba el lenguaje para expresar su
encaprichamiento, y a Erik le faltaba la capacidad de creer en su existencia, por lo que no parecían
tener fin las formas en que conseguían herirse uno a otro.
Para defenderse, el chico empezó a trabajar más y más horas en la obra, valiéndose de faroles
para iluminar los andamios cuando ya había oscurecido. Algunas noches ni siquiera volvía a casa. Los
maravillosos inventos alineados a lo largo de las paredes de su sótano empezaron a empolvarse, y el
viejo espinete permanecía silencioso en un rincón. Luciana estaba de mal humor durante su ausencia
y le recibía al volver con hiriente sarcasmo, sin prestar la menor atención a mis furiosas reprimendas.
Erik estaba tan profundamente ensimismado que era imposible abordarle sobre cualquier asunto que
no estuviese relacionado con el trabajo. Y yo no era capaz de llegar a ninguno de los dos: yo no era
capaz de detener el implacable giro del torbellino que les iba engullendo cada vez más profundamente
hacia las tinieblas.
Entonces, una mañana, me desperté al oír sus voces procedentes del sótano: la de Luciana
petulante, con un asomo de lágrimas de furia; y la de Erik tan instintivamente defensiva, que había
adoptado una heladora indiferencia que no podía por menos de enfurecer.
-En todo caso, ¿qué son todas estas cosas? ¿De qué sirven?
-Por favor, déjelas en paz no las toque, mademoiselle.
-Lo quiero saber... ¡Explícamelas!
-No podría comprenderlo.
-Ah, ¿de verdad? ¿Soy entonces tan estúpida?
-Eso no es lo que he dicho.
-No, ¡pero es lo que has querido decir! ¿O acaso querías decir algo diferente? ¡ Sí, eso es! Ahora
ya sé por qué tienes miedo de enseñarme estas cosas..., es porque no funcionan, ¿verdad? ¡No
funcionan!
-¡Todo lo que hay en este sótano funciona!
Oí que en la voz de Erik explotaba una peligrosa nota de furor; y oí que la ira iba en aumento para
acabar enfrentándose con ella.
-Bueno, pues esto no funciona -gritó ella de repente-, o ya no funciona. ¡Ni esto! ¡Ni esto!
Dios mío, pensé alarmado, la va a matar...
El estrépito del metal y del cristal sobre el suelo de piedra retumbó a
mi alrededor cuando me dirigía hacia el sótano para interponerme; pero Erik ya subía a toda prisa
saltando los escalones de dos en dos. Me empujó bruscamente al pasar sin decir una sola palabra, y
era talla violencia de su furia que no me atreví a ponerle una mano disuasoria en la manga. Era la
primera vez que me trataba con descortesía, y me quedé amedrentado por la inquietante sospecha de
que ni siquiera me había reconocido.
Le dejé huir de un impulso de matar, que era tan real, tan casi incontrolable, que seguía
palpitando en tomo mío como un persistente aroma. Luego dirigí la vista hacia la estúpida criatura
que seguía ignorando la tragedia que había estado a punto de desencadenar.
Estaba entonces arrodillada en el suelo mirando los restos de su inten
cionada destrucción.
-¡Luciana! -dije con fría indignación-. ¡Vete a tu cuarto inmediatamente!
No se movió para obedecerme, sino que, por el contrario, extendió la mano para tocar los cristales
rotos con veneración y remordimiento.
-¿Cómo pueden gustarle estas cosas, estos pedazos de alambre y de metal? -susurró--. ¿Cómo
puede amar estas cosas y no amarme a mí? ¿No soy lo bastante guapa? -levantó la cara embadurnada
por las lágrimas y me miró angustiada-. Oh, papá..., ¿por qué me odia tanto?
-No te odia a ti, niña -dije con cansancio-. Se odia a sí mismo. Se me quedó mirando y contrajo su
cara con una mueca de perplejidad. La estúpida inutilidad de todo me arrolló y me despojó de la
indignación, haciéndome sentinne muy viejo y cansado.
-No lo entiendo -empezó dubitativa-. ¿Por qué había de odiarse? Bajé al sótano y me senté de
golpe en el camastro donde Erik debía de dormir ocasionalmente.
-Luciana..., la máscara... La vi ponerse rígida.
-No quiero oír hablar de la máscara -dijo testarudamente llevándose las manos a las orejas con
terquedad infantil-. No quiero oír esos odiosos rumores que están corriendo los obreros. Lo que pasa
es que están celosos de él porque es tan rápido y tan listo, y porque todo el mundo sabe que podía
sustituirte a ti mañana.
-Luciana...
-¡No es verdad! -gritó con un histerismo que le contrajo la bonita cara formándosele unas feísimas
arrugas-. ¡No es feo, no es una especie de monstruo! No le voy a dejar que sea feo, papá_..-iNo le voy
a dejar!
La intensa irracionalidad de sus emociones me silenció de manera impresionante. De repente
comprendí que no había nada más que pudiese decirla sobre el asunto y, con el más profundo temor,
me vi obligado a dejarla marcharse.
No bajé a la obra aquel día pensando que Erik preferiría que le dejasen solo. Luciana se quedó en
su cuarto. La casa estaba envuelta en silencio y el día iba transcurriendo imperturbable, caluroso y
húmedo, con el aire fétido que subía desde el Tíber. Llegó y pasó la hora de la cena, pero no probé
bocado y, de vez en cuando, yo miraba el reloj de encima de la chimenea con un suspiro. Las nueve,
las diez..., y seguía sin haber indicios de Erik.
A las once bajó Luciana y me pidió que fuese a buscarle á 'la 'obra. Me negué. El chico vendría a
casa cuando se le hubiese aplacado el mal humor, y no antes; hasta entonces pensaba dejarle en paz.
Ella desapareció un momento y volvió a aparecer con un chal por los
hombros.
-Si no quieres ir tú a buscarle, iré yo --dijo llorosa-. Quiero decir le que lo siento.
Me la quedé mirando asombrado. Que yo pudiese recordar, Luciana no había dicho en toda su
vida que sentía algo.
-Papá --dijo temblorosa-, papá... voy a pedirle que se quite la máscara.
En algún sitio, en lo profundo de la mente, me empezó a sonar una señal de alarma y sacudí la
cabeza.
-No vas a ir a ninguna parte a estas horas de la noche -le dije con firmeza.
-Pero, papá...
-¡Por amor de Dios, deja a ese chico en paz! -grité de repente-. ¡No quiere que le veas, ni tú ni
nadie! Le estás volviendo loco, Luciana... Esta mañana te hubiese matado, ¿no lo sabías?
Jadeó, mirándome fijamente con unos ojos ribeteados de rojo sobre una cara blanca como la
nieve.
-Nunca me haría daño... ¡Sé que nunca me haría daño!
Me di la vuelta impaciente y cogí la pipa.
-¡No sabes nada de él, absolutamente nada! Le estás provocando más de lo que puede aguantar un
ser humano... ¡Cualquier otro chicote habría violado hace tres meses!
Se le abrió y se le volvió a cerrar la boca, sin pronunciar palabra, ante la crueldad de mi hiriente
insulto; luego, lentamente, se dejó caer en el suelo y rompió a llorar.
Durante un rato permanecí sentado en mi butaca, contemplándola mientras sollozaba, sin proferir
ni una palabra de consuelo. Después me acerqué y la levanté, llevándola al piso de arriba con la
cabeza apoyada en mi hombro como hacía cuando era una niña pequeña. Resultaba lastimosamente
fácil hacerlo, pues no debía de pesar entonces mucho más que cuando tenía diez años.
Cuando la tumbé en la cama me miró con una gran desesperación.
-Tengo que verle, papá --dijo quedamente-, tengo que verle.
Yo sabía que ella tenía razón: ya no había otra manera de acabar con aquella locura estival que
amenazaba con destruimos a todos.
Estuve sentado en mi cuarto un par de horas mirando la pared y pasándome de vez en cuando un
pañuelo por la frente. Eran casi las dos de la madrugada, pero el calor seguía siendo sofocante, por lo
que, finalmente, sabiendo que no había posibilidad de dormir, me subí a la azotea, donde hacía más
fresco.
Por no tener nada mejor que hacer, me puse a regar las flores, y así, escondido entre las sombras,
pasé desapercibido para Erik cuando éste cruzó la azotea con paso lento y pausado y se dejó caer en el
banco travertino. Puso un brazo a lo largo del respaldo, reclinando en él la cabeza, en una actitud de
absoluto agotamiento, y, como no se volvió a mover, empecé a pensar si se habría quedado dormido
y si no sería mejor escabullirme sin ser visto.
-¡Erik!
El inesperado balbuceo de Luciana le sobrecogió como el disparo de una pistola; se puso de pie de
un salto y se quedó rígido, dándole la espalda mientras ella se acercaba.
-Quiero que te quites la máscara -dijo simplemente y sin arrogancia-. Por favor, quítate la máscara.
-Por favor, discúlpeme, mademoiselle -dijo glacialmente, manteniendo la cara apartada al pasar
delante de ella-, tengo un trabajo que terminar.
-¡No te voy a disculpar! -le gritó--. ¡No tienes ningún trabajo que terminar! Quiero que te quites
la máscara, ¿me oyes, Erik? ¡Quiero que te la quites ahora mismo!
Yo tomé una decisión muy de repente y me puse delante de él cuando se dirigía a las escaleras.
-¿Señor? -se paró y miró hacia atrás como el zorro que presiente que se acercan los cazadores. Le
puse una mano en la manga.
-Erik, hemos llegado a donde ya no hay remedio.
-Lo siento..., no entiendo del todo...
-Me parece que lo mejor sería que hicieses lo que mi hija te ha pedido. Se quedó del todo inmóvil,
mirándome con tan doloroso horror, que me vi forzado a apartar los ojos para no presenciar cómo se
desmoronaba su confianza.
-¿Usted me está pidiendo que haga eso? -oí que en su voz había una trémula incredulidad-. ¿Me
está usted ordenando que lo haga?
-Si es necesaria una orden -dije con tristeza-, entonces te lo estoy ordenando. Por todos los santos,
chico, debes comprender que esto no puede continuar por más tiempo.
Se tambaleó un poco y alargó una mano para afianzarsé"éllla balaustrada; yo me moví entonces
automáticamente para que se sujetase en mi brazo. Pero antes de que yo pudiese tocarle, levantó la
cabeza y la luz de los faroles colgantes me mostró en su ojos un odio descarnado nacido de la más
funesta desilusión y de la desesperación.
Me di cuenta entonces de la enormidad del crimen que había cometido, me di cuenta de ello
cuando vi aquella mirada de odio que parecía arrancarme el aire de los pulmones. Yo había sido un
padre para él; yo le había revelado lo que era la honradez y la esperanza y le había inducido a creer
que podía haber para él una oportunidad de vivir con orgullo y dignidad entre los seres humanos, de
los que tanto desconfiaba. Por amor a mí había empezado a abandonar sus más profundos instintos y
a abrirse camino, tentativa y penosamente, hacia la certeza de que a mí no me importaba lo que había
debajo de la máscara.
Entonces, en un único momento de menosprecio, que era consecuencia de mi propio cansancio y
desesperación, había llegado y demolido alrededor suyo aquel castillo de sueños. Le había pedido lo
único que él había confiado que nunca le pediría, y si le hubiese atravesado el corazón con una daga
no le hubiese destrozado más certeramente, no le habría causado una angustia más intolerable.
Mientras contemplaba al chico que yo conocía consumirse y morir ante mis ojos, veía cómo le
sustituía un desconocido aterrador, un desconocido siniestro y extrañamente espantoso que ya no
esperaba escuchar más palabras inútiles mías.
-¿Quiere ver? --dijo con una voz opaca que parecía salir de un sepulcro-. ¿Quiere ver? ¡Pues
mire! j
Mientras hablaba empezó a dirigirse con una calma medida y amedrentadora hacia Luciana, y yo
advertí que por las venas me empezaba a correr un miedo paralizante. Estaban uno frente al otro
cuando se arrancó la máscara, y entonces vi cómo se le abría la boca a la niña para emitir un grito que
quedó sofocado, y cómo alargaba las manos para rechazarle. El gesto defensivo pareció alocarle a
Erik, que alargó la mano como para atraerla más cerca del aterrador espanto que había revelado.
Yo di un grito de aviso, pero mi voz se perdió en el primitivo pánico animal que impulsó a
Luciana a apartarse de él corriendo, a cruzar la azotea corriendo para lanzarse contra la balaustrada
que finalmente le bloqueó' la huida. Una y otra vez lo veo suceder: las piedras desmoronadas cediendo
bajo el peso de su cuerpo y haciéndola caer al patio dos pisos más abajo, entre un aluvión de
cascotes.
De nuevo se hizo un silencio en la azotea interrumpido tan sólo por el abyecto movimiento de las
últimas piedras, mientras que la luz del farol me mostraba el vacío que se abría en la balaustrada,
como la mella de un diente en la boca de una siniestra criatura de pesadilla.
Sin darme prisa, sin esperanzas, me volví como insensibilizado, y bajé a tientas al patio, donde el
cuerpecillo destrozado de mi hija yacía rodeado por un sudario de escombros. Yo había pensado que
estaba muerta, pero si me hubiese quedado una mínima y última esperanza, no hubiese perdurado ante
aquella primera visión de su cráneo reventado, del lento rezumar gris sobre las losas. El tiempo y el
lugar habían perdido su significación y el mundo parecía estar muy alejado del silencioso vacío que
me envolvió mientras la llevaba a casa y la dejaba sobre el crujiente sofá de cuero.
No oí sus pasos, pero percibí su presencia justo detrás de mí, como un gran espectro negro.
No me volví. Tenía la impresión de que si miraba hacia atrás me convertiría en piedra,
ca1cificada por obra del amargo veneno de su ira y de su aflicción. Yo no temía el horror de su cara;
yo podría haber contemplado aquella visión con ecuanimidad en cualquier momento. Pero ahora
temía sus ojos, aquellos abismos sin fondo de dolor que no harían más que reflejar mi pena. Oí su
juramento confuso y sollozante y supe que no debía mirarle...; me volvería loco si lo hiciera.
El silencio se extendió entre nosotros como una muralla de piedra y se convirtió en nuestra
separación final. Las lámparas de aceite, que seguían luciendo en sus soportes, me mostraron;el
reflejo de su sombra moviéndose despacio por la pared más allá del sofá: una enorme y silenciosa
sombra que se adentraba en la noche del otro lado de mi puerta, donde las tinieblas le esperaban para
reclamarle como a un pariente cercano.
Cuando se hubo marchado..., tan sólo cuando finalmente se hubo marchado..., pude yo llorar.
Las sombras reptan ahora continuamente por la azotea ... Otro día inhóspito y carente de sentido
está acabando. He estado sentado aquí otra vez hasta la puesta del sol, meditando tristemente,
recordando, reprochándome la locura que dejó vacía mi existencia, el último error que mató a mi hija
y destruyó a un chico único.
Erik..., ahora puedo decir lo que no pude decir aquella noche, cuando la mano de Luciana se
enfriaba en la mía y la aflicción me había dejado sin habla. Tú no tuviste la culpa de su muerte. Si
hubo culpa, hace mucho tiempo que me la he atribuido yo.
Tú fuiste el hijo de mi imaginación, el hijo que Dios retuvo, y yo aprendí a quererte en tu lenta y
penosa lucha por encontrar la luz.
Mañana estas flores que tú cuidaste izarán sus caras una vez más hacia el sol, estirándose hacia lo
alto, orgullosas y reales, para agradecerle a su creador toda su belleza.
Había tanta belleza en tu alma, Erik, tanta belleza que ahora temo que, a causa de la locura de un
anciano, nunca verá la luz del día.
En la oscuridad viniste a mí.
En la oscuridad te marchaste.....